Todos los relojes se detuvieron.
Eternos años de sórdido silencio y lloradas ausencias, imposibles de reemplazar.
Largo tiempo de tragedia, adosada a las ruinas.
El drama ronda impune por las calles derruidas, como único Señor del viejo Belchite.
Dolor y muerte en la tierra, morada de otrora enérgicos combatientes abatidos. También en el cielo, mirado desde el interior de sus hostigadas iglesias sin techo.
Horror, y aire y polvo que se adosa a las botas, brotando de lo más oculto de los escombros mudos.
Lejano zumbido de aviones y llanto: estruendo y destrucción. Silencio.
Es el legado de la lucha inclemente.
Es el legado de la lucha inclemente.
Y los amargos quejidos arrojados al viento por su Torre Mudéjar.